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Jules et Jim (1962): análisis de un amor

  • Dec 7, 2023
  • 5 min read

Jules et Jim (1962) pertenece a la Nouvelle Vague, una corriente cinematográfica europea que surge a mediados de la década de los cincuenta para competir con las superproducciones que llegaban desde Hollywood a través del estilo, aportando una nueva mirada en un mundo en el que no era fácil innovar. Una de las características que ya corrobora ese nuevo planteamiento lo podemos observar desde el primer momento a través de un aspect ratio diferente: el 2.35:1.


La mayor influencia artística de la Nouvelle Vague provenía principalmente del neorrealismo italiano y además del cine negro que se estaba popularizando en Estados Unidos durante la década de los 40 y 50. En estas, se priorizan temas relacionados con la verdad humana, frecuentemente con el amor, pero siempre desde una óptica particular porque ¿qué hay más humano que el amor? Estas películas se centran en unas relaciones pasionales y poco ortodoxas en las que la razón juega por momentos con el más absoluto surrealismo.


François Truffaut fue uno de los principales exponentes del grupo en lo concerniente a este cine romántico. Algunos de sus primeros y más destacados trabajos bajo este patrón fueron Los Cuatrocientos Golpes (1959), Tirad Sobre el Pianista (1960) o Besos Robados (1968).



Sobre el título y el póster.


El título de la propia película ya nos remite a la unión entre Jules y Jim, es decir, a la relación entre dos protagonistas masculinos. En cambio, si lo relacionamos con el cartel de la película, vemos que existe una tercera persona y que se trata de una mujer, Catherine, que durante la película se posicionará como la figura que une a los dos hombres. Su enorme tamaño comparado con el de los dos muchachos ya va marcando la dinámica de esta relación de tres. Aunque, como comentaremos más adelante, ellos se amarán a través de ella.





La mujer (entendida como protagonista femenina), no deja de ser la típica mujer idealizada, esa mujer que los dos hombres necesitan para justificar su relación y para poder estar juntos sin caer en sospechas por parte del entorno que los rodea. Es importante entender el contexto en el que se desarrolla la película, por lo que era impensable que en el cine apareciese una relación entre dos hombres.


Pero esa mujer no es una mujer cualquiera, sino que se confecciona a medida para ellos, como podemos ver en la escena de las esculturas (minuto 00:07:43). En este pasaje se muestran diferentes pretendientas a través de fotografías de diversas figuras hechas de piedra, cada una de ellas como objetos que encarnan diferentes cánones de belleza. La escena juega a recrear algo así como el Tinder de la actualidad, gestualizando con sus manos hacia la derecha o hacia la izquierda dependiendo de si las mujeres mostradas resultan de su gusto. Así pues, los dos hombres encuentran la escultura que para ellos es perfecta y que después tomará una forma humana a través de Catherine.


Catherine es un tipo de personaje comúnmente representado en la historia del cine, la así denominada “Manic Pixie Dream Girl” (Miguel-Trula, 2015). Es esa chica loca, despreocupada y llena de carácter que enamora al personaje principal. Es la persona que lleva las riendas pero que no busca ningún tipo de compromiso, al igual que Catherine al pretender llenar su vida de amantes constantemente. Es una mujer que sirve de interés romántico para un protagonista masculino a menudo melancólico o deprimido, como podemos ver en los dos personajes principales, que en su caso están reprimidos por no poder estar juntos.



La muchacha de la ventana.


El momento en el que Jules presenta a Catherine y Jim (minuto 00:12:00) resulta ser uno de esos momentos claves del film que adscriben motivaciones posteriores.


Antes de recibir a sus invitados, Catherine observa a Jules y a Jim a través de su ventana y parece envidiar la libertad del mundo de los hombres en una sociedad que es explícitamente machista (al igual que la propia película). Este modo de representación lo podemos ver en obras como la de de Hopper o la de Dalí, Sol de la mañana (1952) y Muchacha en la ventana (1925), respectivamente. En ellas retratan a una mujer que, como muchas otras, solo ha podido observar el mundo desde una ventana. Es por ello que Catherine aprovechará esa relación de tres (masculina) para ejercer su libertad a través de ellos.



Para encajar entre Jules y Jim, entre un amor platónico masculino, Catherine se tiene que vestir como un hombre. Para construir esto, ella va a ser la persona que (literalmente) lleve los pantalones en la relación. Además se le caracteriza con un bigote a través del simbolismo de un espejo que refuerza aún más esa falsa identidad.



En este mismo sentido, Catherine también es una mujer que fuma. A lo largo de la historia del cine, este gesto se ha ido construyendo en un sentido concreto pues el cigarrillo remite a lo fálico según el psicoanalista Freud, configurándose al mismo tiempo como señal de masculinidad. Y aunque con anterioridad estaba mal visto que una mujer fumara, lo cierto es que esta tendencia cambió gracias a la colaboración entre Bernays (a propósito, sobrino del teórico) y Abraham Brill, un publicista y un psicoanalista (Martínez-López, 2012). Si antes el cigarrillo evocaba un poder dominante de los hombres sobre las mujeres, con la campaña de Antorchas de la Libertad (y aprovechando el movimiento feminista de aquel entonces) estas verían en el cigarrillo un símbolo de emancipación e igualdad (Cuenca-Bonilla, 2009).


Igualmente, a pesar de que ella aparezca fumando en varias ocasiones, el cigarrillo de esta escena en concreto es diferente: es prácticamente un puro (es más grueso, más grande y de color oscuro) y, en este sentido, es más varonil. Los dos muchachos quedarán prendados.



Con respecto a los aspectos formales de la escena que sigue a esta trama de la caracterización masculina, es posible observar que el encuadre realiza una función muy importante puesto que enfatiza un punto de fuga, un horizonte hacia el que se dirigen corriendo unos protagonistas deseosos de libertad.


Con respecto a los aspectos formales de la escena que sigue a esta trama de la caracterización masculina, es posible observar que el encuadre realiza una función muy importante puesto que enfatiza un punto de fuga, un horizonte hacia el que se dirigen corriendo unos protagonistas deseosos de libertad.


Este no solo sirve de motivo visual, sino que también entra en conversación directa con la enunciación. A pesar de ello, el decorado remite justamente a lo contrario pues en realidad los encierra al utilizar un motivo que imita el aspecto de una jaula. Ello se hace a través de un puente o pasarela cerrada, aunque ya se anuncia unos segundos atrás cuando un extraño le pide fuego a Catherine al confundirla con un hombre con una serie de líneas verticales.


Es posible relacionar ese enjaulamiento físico con el que generan las falsas apariencias pues, como se desarrollará a lo largo del presente texto, los personajes masculinos intentan esconder su amor persiguiendo a una mujer a la que realmente no aman. La posición de los personajes remite a esta misma idea: ella coge relevo para que ellos puedan permanecer detrás (cosa que ya podemos ver desde un primer momento en el póster).


Esta propuesta de interpretación del triángulo amoroso también puede observarse en la escena en la que acuden a lo que es la casa de sus sueños, una casa que (como ellos mismos describen) por fuera es grande y blanca (blanco simbólico de lo puro y adecuado), pero que por dentro no tiene muebles y queda vacía. Con ello, los dos hombres se preocupan por mostrarse ante la sociedad tal como deberían ser: bajo el estereotipo social de la época de pareja heterosexual. Pero, interiormente, los personajes sufren de cierto vacío provocado por una insatisfacción amorosa, al igual que esa casa carente de mobiliario.

 
 
 

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